Una historia común.

Por. Marie Díaz.

En aquélla ciudad pequeña, todo era familiar, todos conocían a todos…

La gente era la misma y generación tras generación habían vivido allí, cuando comenzó el gran movimiento y el gran revuelo social y económico por la construcción del puente conjuntamente con el festejo popular por la gran noticia: se abría muy pronto el ingenio azucarero.

Todo era nuevo y las expectativas eran muchas: los campos apropiados para el cultivo de la remolacha azucarera se valorizaron rápidamente y toda la ciudad experimentó un gran cambio, había otro movimiento los comercios, los centros sociales y clubes deportivos, la iglesia, los centros educativos en los que estaban incluidas las escuelas, todo cambió y la ciudad se renovó y salió de aquel letargo en el cual vivían sin prisa aparente sus habitantes.

Luciana era la más pequeña de aquella familia grande, numerosa, diríamos que llegó como un regalo del cielo según palabras de su bisabuela Lucía y en su honor y el de la abuela paterna: la abuela Ana, como todos la llamaban, la pequeña se llamó Luciana.

Creció rodeada del amor de todos, su cabello oscuro, su cutis muy blanco iluminado por sus grandes ojos azules, su sonrisa angelical, todos la amaban.

Cuando la ciudad se transformó, Luciana asistía al último año de primaria, es ese momento tan importante, el paso último de los juegos a los que ya no se participa con la misma entrega que en los años anteriores, se está dejando de ser escolar para ser algo más importante: alumna de secundaria. En ese año ingresó en la misma escuela un niño de las familias nuevas: habían llegado con el grupo encargado de la construcción del puente: el río querido correría debajo de aquello tan esperado por todos.

Aunque aún no estaba físicamente, ya todos tenían en sus ojos y su pensamiento la gran estructura de hierro, acero y cemento, junto al avance de las obras lentamente se le decía adiós a las balsas que unían el muelle 28 de febrero con la otra orilla junto a la fuente Asencio, aquellos hombres fuertes y tostados pasarían lentamente a la historia, eran las balsas de los hermanos Guastavino. Eso era parte del gran cambio, y las cosas sucedían lentamente mezclando la nostalgia con la alegría del progreso.

Luciana está allí en su último año de primaria y Paul es el nuevo compañero que se siente un poco solo y diferente entre otras cosas por la diferente pronunciación del idioma: todo lo dice con las erres marcadas, naturalmente debido a su lengua materna: el francés.

Nació entre ellos esa amistad mezcla de soledad y solidaridad, se hicieron inseparables, las actividades curriculares, el club deportivo, y la hospitalidad proverbial de la gente sencilla.

El tiempo pasó, la ciudad creció con la fuerza de la industria, el puente avanzaba, pero en los tiempos de las grandes crecientes no se avanzaba demasiado, pero la vida no se detiene y Luciana y Paul crecieron y sin darse cuenta nació el amor, nadie se asombró por ello, parecía que estaba implícito en sus vidas.

Luciana había sentido muy fuerte la vocación por el magisterio, Paul sería como su padre: ingeniero. Transcurrió el tiempo y con intervalos de ausencia aquel amor seguía creciendo, la niña es una hermosa mujer y Paul un apuesto joven…todo se habló y los acuerdos se dieron, Paul debía partir, aquella noche tan de ellos en aquella su cena, no de despedida sino de paréntesis en el encuentro diario, ella vistió aquel vestido azul claro que a él tanto le gustaba… rieron, hicieron planes para el pronto regreso y después, finalmente, Paul partió… las cartas iban y venían, toda la ciudad estaba al tanto, de manera que cuando las cartas de Luciana no tenían pronta respuesta todos estaban de acuerdo en que los correos se demoran por esto o por aquello…pasó más tiempo del esperado y Paul se fue perdiendo en la memoria de muchos, Luciana estaba rodeada del amor de todos pero, especialmente de sus alumnos que eran en realidad los depositarios del más cálido cariño y abnegación. En las tardes de estío se veía a Luciana en el porche de su casa en la colina, meciéndose melancólicamente, muchas veces portaba un vestido azul claro, su mirada perdida en el horizonte…quizás la luna la vio derramar alguna lágrima, pero sólo la luna…

El tiempo pasó, el puente es muy grande, la vida cambió, el tránsito fluido, las empresas de turismo, los transportes de carga, los vehículos familiares, todo pasaba raudamente por aquella gran obra de ingeniería.

Muchos se fueron con otro destino, otros se quedaron y otros hicieron el viaje sin retorno, Luciana estaba allí, con la misma dulzura de siempre, con su mirada azul más profunda y con algo de melancolía, las hebras de plata se dejaban ver en su oscuro cabello, hoy sostenido en la nuca por un elegante y discreto chignon.

En una mañana de nuestro invierno, Luciana abordó un avión, iba rumbo a Europa, cumpliría uno de sus sueños mas acariciados: visitar los grandes museos, ver todo aquello de lo que siempre había leído…y conoció más bellezas que las que esperaba y una mañana en los Campos Elíseos se encontró de frente con un señor que le hacía recordar a un joven de otros tiempos, muchas cosas en él habían cambiado, pero en aquella mirada había algo que no se olvida, quedaron detenidos mirándose como no pudiendo dar crédito a lo que ambos veían: finalmente el señor se repuso y exhaló un suspiro que llevaba un nombre: Luciana… se fundieron en un abrazo sin importar las lágrimas de ambos y juntos dirigieron sus pasos por la vereda de la vida para tomar un café…mucho tenían para decirse, la brisa era fresca, las manos tibias y sus corazones latían fuerte, como palomas asustadas…

 

 

 

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