TONITA.

 

 Al amanecer, cuando la vida comienza, cuando el campo verde reboza de vida; todos los días se ve a Tonita que lleva al rebaño de cabras a pasear a los rastrojos. Ese es su trabajo. Con ella va su perro, no es un perro pastor, solo un perro que hace algún tiempo, cuando llovía muy fuerte apareció en su casa, con su madre, le dieron abrigo y Tonita lo llamó Chacho.

 Ella lleva un zurrón con algo de pan y queso, mientras el sol se eleva en el cielo ella cuida que las cabras no ingresen en los sembrados.

Antes de que el astro rey llegue al cenit, Tonita y Chacho guiarán al rebaño al arroyo cercano donde beberán todos de la fresca corriente.

Es la hora del descanso, los rumiantes descansan…

Tonita comparte entonces con Chacho el pan y el queso que trae en el zurrón. Comen despacio, es todo lo que tienen hasta la caída del sol.

Más allá están las frutas maduras pero no es ahí donde debe cuidar del

rebaño.

Mira en los bajos arbustos con la esperanza de ver una lechiguana, no divisa ninguna; pero tal vez cuando se retire, cuando el sol no reverbere, tal vez vea alguna. Eso será un trabajo difícil pero que bien vale, pues ¡la miel es tan rica!

Levanta su mirada hacia la copa de los grandes sauces, ve un nido de pirinchos, tiene huevos... pero no los tomará, no le gusta quitarle a los pájaros sus huevos. Siempre recuerda que sin huevos, no habrá pájaros... Además, recuerda la voz de su madre: no subas a los árboles, puedes lastimarte y estás sola...

 

Ya el sol pasó al otro lado de los sauces, es hora de llevar nuevamente las cabras al rastrojo. Tonita no silba, como generalmente hacen los muchachos, ella canta: “¡vamos, vamos chiquitas!, que el lindo rastrojo está esperando...”

Chacho la ayuda, mientras, ella repite su estribillo...

Oye pasos que suenan fuerte en los viejos surcos del rastrojo del maizal que fue cortado. Una enorme sombra se proyecta. Tonita piensa en un gran árbol... pero los árboles no caminan.

No quiere mirar atrás. Chacho gruñe mostrando los colmillos...

Buenas tardes, dice aquel hombre enorme, que a Tonita le parece un gigante.

Lo mira... se ha quedado muda...

 

-No tengas miedo, no hago daño, solo cruzo los campos... ¿Cómo te llamas?

Chacho lo mira de frente y con el pelo erizado sigue gruñendo y mostrando los colmillos.

- Yo me llamo Anselmo. Entiendo que tengas miedo. No sabes quien soy. Nunca me has visto. Tal vez nunca viste alguien como yo. Solo camino y cruzo los campos, en algunos lados me dan trabajo, pero yo  sigo caminando, por eso a la gente como yo les llaman caminantes, también  nos llaman linyeras. Yo no tengo casa, ni familia, pero no hago daño. ¿Son tuyas las cabritas?

-No señor- atinó a decir Tonita-, yo soy la pastora y con Chacho las cuidamos por el día-.

 

- No esperes que baje el sol, a lo lejos en el cielo se ve oscuro. Eso anuncia viento y tal vez lluvia, es mejor que vayas antes que el viento y la lluvia lleguen. Adiós, yo soy Anselmo.

- Adiós... dijo Tonita.

Ella miró al cielo y comenzó con su canto: “vamos, vamos chiquitas que el corral espera”.

Regresó sin recordar sus planes sobre encontrar la lechiguana. Chacho estaba como siempre en su ayuda, y cuando regresaban el cielo estaba cada vez más oscuro...

 

- ¡Gracias a Dios que has vuelto!- Dijo su mamá, mientras se apuraba a recoger la ropa, que para otras personas ella lavaba.

-Debemos entrar leña, se viene viento y talvez agua, ayúdame- dijo la madre.

-Oh, cuántas cosas por hacer y el viento no se detiene, debemos recoger los huevos, ¡vamos, vamos!

Cuando dieron fin a las tareas urgentes ya el viento aullaba entre los

álamos.

Cerraron puertas y ventanas, el viento era arrachado y hacía sentir su

fuerza en la cumbrera del rancho.

La madre encendió el fuego y con Tonita se dedicaron a la preparación

de la cena.

Mientras el guisado se cocinaba madre e hija tomaron mate y charlando de

lo sucedido, en todo el día. Dijo la madre:

-Don Héctor te avisó del viento  ¿verdad?

-No mamá- dijo Tonita, -fue ese señor tan grande que se llama Don Anselmo el que me dijo que el cielo estaba oscuro y que viniera de regreso-.

-¿Quién es Don Anselmo?

-Es un hombre que anda caminando por los campos, me dijo que a ellos les

dicen caminantes o no se como más.

-¿Por qué has hablado con desconocidos?, solita y hablando con gente que ¡quien sabe quien es!

-Yo no estoy solita, Chacho está conmigo.

Hace mucho tiempo que Tonita y su madre quedaron solas…en aquella noche de tormenta eléctrica, con un temporal verdaderamente fuerte, Aureliano regresaba en su caballo... pero una centella le impidió llegar junto a su familia. Y allí quedaron en el campo tendidos: hombre y cabalgadura.

Todo ha sido muy difícil desde entonces para las dos.

En ese medio la vida es dura, nada es fácil, pero la voluntad de la madre y

el amor y el deseo de vivir hacen que la lucha diaria sea algo natural.

Muchos inviernos tiene ya el rancho, se nota que la fuerza del viento le

hace mella.

De repente Chacho se para, gruñe y se le eriza el lomo mirando hacia la

puerta.

Entre el aullido del viento se escucha una voz fuerte que dice:

-¡Ave María Purísima!!

¡Madre e hija quedan paralizadas!

Se oye nuevamente la voz:

-¡Ave María Purísima!

-¿Quién va?- pregunta la madre.

-Soy caminante y pido pasar la noche.

El candil no es suficiente luz. Nada puede hacer la madre... Afuera arrecian la lluvia y el viento. Un refusilo cruza el cielo. El trueno es muy fuerte... La madre recuerda aquella noche cuando Aureliano regresaba... se encomienda a Santa María y abre la puerta...

Es un hombre muy alto, muy grande, su barba y cabello mojados, solo sus

ojos brillan a la luz del candil.

-No tema señora, soy Anselmo Ramírez: Dios le devolverá en bien este favor. Soy caminante, algunos nos dicen linyeras. No hago daño. Al amanecer me iré. ¿Usted me permite pasar aquí la noche?

Tonita mira al hombre y dice a su madre:

-Él es don Anselmo, él me dijo

que regresara antes del viento.

La solidaridad primó y la madre ofrece un plato de comida caliente…Fue

una noche tensa, la madre no durmió, estaba atenta a los ruidos, desde la

única habitación del rancho, estaba atenta a todo.

El caminante quedó en la cocina. Al amanecer, había traído más leña y estaba pronto para decir: gracias y adiós.

La lluvia caía fina, pero el viento había pasado.

-Seguiré mi camino, pero si usted manda yo trabajaré para usted hasta que  usted diga. El rancho precisa horcones nuevos, si me permite trabajaré en esto.

La madre vio o mejor presintió la honestidad de aquel hombre.

Dijo el caminante:

-Yo me arreglo en estas tareas. Tenga confianza. Yo estaré trabajando afuera, el galpón está medio enclenque...

Al finalizar el día muchos habían sido los adelantos. El corral, el galpón. Todo el día se había oído el hacha retumbar en el monte, y los fuertes brazos de Anselmo habían trabajado sin pausa.

En la noche, no quiso entrar en la cocina. Se arregló en el galpón, y de esa forma agradecida y prudente, Don Anselmo vivió y trabajó durante el tiempo necesario, para dejar el rancho en pie y fuerte para aguantar el pampero.

Se acercó para despedirse y dijo:

- Dejé en la noche el aparejo en el arroyo y saqué estos bagres, que pueden ayudar en la comida de hoy.

La madre no tenía palabras, del temor al desconocido al agradecimiento... pero ella era una mujer sola... el silencio y la prudencia son virtudes...

-Adiós señora. Los caminos me esperan, vamos por la vida agradeciendo a Dios encontrar gente como usted.

Tomó su atado, lo puso en su espalda y se alejó...

 

Marzo de 2007.

 

Autora: Marie Díaz. Montevideo, Uruguay.

mariediaz@adinet.com.uy

 

 

 

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