LA DAMA DE BLANCO

 

Desde Mi ventana que da al jardín delantero, todos los días veo pasar a esa dama vestida de blanco, camina lento, no parece tener apuro, tampoco se la presiente nerviosa o con algo de ansiedad; sus ropas blancas, livianas, con algo de esa moda que no es la de ahora pero que tampoco puedo decir que tiene algún estilo determinado, se notan en las amplias mangas lo que creo son bellas puntillas o encajes como diría mi abuela.

Sus cabellos son blancos, no niego que siento curiosidad pero cómo atreverme a interrumpir su paso, su paz, su equilibrio con lo que seguramente lo mío sea una curiosidad molesta.

El camino es limpio, es una de esas calles que, casi sin tránsito, forman parte del parque donde muchos vivimos.

No sé donde va, la calle se pierde en curvas y los grandes árboles parece que cierran el paso con su verde presencia.

Mi vida sigue, mis tareas diarias, mis trabajos, el cuidado del hogar, los niños que regresan del colegio siempre con apetito y, para variar, bastante sucios, es que no se detienen y sus juegos no están exentos de carreras y empujones donde la clorofila deja sus verdes señales; todo eso me atrapa y olvido a la dama de blanco que como símbolo de paz y sin apuro transita a diario.

No he podido verla regresar. Es que, como dije, me atrapa mi hogar y los míos y allí voy una vez más como todos los días, aún me espera el jardín, el perro y los deberes…luego el sol se aleja y mi familia me reclama, los aromas de la cocina hacen que todos vengan como guiados por algo mágico y algunos preguntando y otros solo observando busquen su lugar en la mesa.

Me siento feliz, son ellos mi familia y yo me siento dueña de esas sonrisas y casi aplausos de complacencia.

La charla se desgrana. ¡Es tan lindo todo esto!

Ya la noche ha llegado y la bóveda azul se tachonea de estrellas, la luna atisba entre los follajes y parece decir que ella vela nuestro sueño.

Ya aparecen los primeros colores en el cielo, el sol recién nacido nos invita a compartir la alegría de la vida nueva de este nuevo día.

Entre besos y apurones, moñas corregidas y otro pañuelito en el bolsillo, por las dudas, se alejan felices.

Duque los acompaña un poquito y regresa, sin duda me hace compañía, pero como está más lindo en el jardín que en el interior de la casa con mis tareas, él se queda fuera y, sin duda, se duerme un ratito…

Estoy feliz, las cuatro estaciones de Vivaldi me acompañan, me dan esa alegría y movimiento que sin duda necesito…levanto la mirada y veo nuevamente a la dama de blanco, nada ha variado en ella o, al menos, eso es lo que yo veo…

Hoy debo hacer compras, dejo a Duque y salgo, algo me impulsa a seguir el camino que lleva la dama de blanco, ya no la veo pero imagino que está en el parque, la busco, doy vueltas, son muchos los árboles añosos y también los bancos y reatas floridas pero qué grande es mi alegría cuando la distingo allá debajo del gran roble sentada etérea y en paz.

No lo pienso más y me dirijo a ella, su rostro muestra paz y dulzura, la saludo y me responde con una muy leve sonrisa, me invito a sentarme y ella corresponde acercando su falda a su cuerpo.

No sé ni que decirle, son muchas las palabras que se amontonan en mi boca pero ninguna sale. Ella me dice eres muy activa, luego llegan tus niños y tu familia te espera, ¿verdad que es lindo todo eso?

Me animo y le hablo medio atropellada sobre mis cosas, luego le menciono que siempre la veo pasar, que me inspira paz y también muchos interrogantes pues ella está rodeada de ese misterio.

Sonríe y sus manos largas y con nudillos pronunciados se mueven con agilidad de alas que detienen su vuelo.

Me cuenta. Yo escucho. Nada me interesa tanto, su voz es con mil tonos que termina en pausas lentas y más bajas… También yo he sido como tú, la vida es muy linda, yo la disfruto a diario, este gran roble es mi fiel amigo, él sabe todo de mi vida. Hace muchos años era él también joven y los míos venían aquí algunas veces solos y otros conmigo, hoy a diario me despido de él y de todo eso que ha sido parte de los muchos días que hemos pasado juntos.

Estoy al final del camino, casi la interrumpo, pero me hace una seña con su mano alada y me dice: sé lo que quieres decirme, lo sé, es todo bello pero lo que tú no sabes porque no es tu tiempo es que estoy cansada, que siento deseos de estar tranquila, agradecida y feliz, mi vida es y ha sido muy buena pero estoy aquí con mi amigo que me comprende y sabe lo que es el cansancio, su sombra me arrulla y sé que en un momento cuando el Creador me llame iré feliz, los que como tú no saben de lo que te cuento seguro dejarán caer lágrimas, pido que sean ellas como la lluvia benéfica y que luego el verde sea más verde y las flores mas perfumadas y de lindos colores, eso es la vida, tú la tienes y la sientes y está muy bien, también lo mío y tu tiempo y el mío siendo diferentes son iguales, sé que ahora te cuesta un poquito comprenderme pero mañana seguro será diferente.

Adiós amiga, la vida te espera y Duque también, no olvides su hueso. Las cuatro estaciones de Vivaldi me gustan mucho.

 

Autora: Marie Díaz. Montevideo, Uruguay.

 mariediaz@adinet.com.uy

 

 

 

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