EUTANASIA

 

Por: Jorge Roberto Rivas Aguilar

 

Después de la charla que di sobre el aborto, tomé el auto y me dirigí a casa, esperando llegar a abrazar a mí esposa. Las cosas iban mejorando, como conferencista

mi nombre era el mas conocido, como médico ya era jefe de servicio.

 

Hacía mucho viento y en la tarde empezó a llover muy fuerte, así que para esa hora solo se podía ver lluvia y basura volando y había demasiado tráfico.

 

Mi especialidad en medicina era gineco-obstetricia, sin embargo me había destacado en realizar abortos de primera y diariamente venían a mí muchachas y

señoras de todas las edades.

 

Durante el camino a casa ocurrió un accidente gracias a la lluvia, pero para mi fortuna yo quedé lejos de el, así que decidí tomar un atajo que conocía

desde niño. El camino era de arcilla y sobre un costado de la barranca, con la lluvia se habían derrumbado algunos puntos del camino, así que no podía

pasar y decidí regresar, pero al dar vuelta una de las llantas terminó por derrumbar la ladera, y caí precipitadamente por la barranca, volqué y toqué

suelo, el auto quedó destrozado.

 

Cuando reaccioné no podía moverme:

 

- -¡De seguro estoy muerto!- pensé, pero era curioso, podía oírme respirar y el latir de mi corazón exaltado, lo sentía. Nuevamente traté de incorporarme,

pero no pude, traté de mover la cabeza para ver en dónde me encontraba, pero fue inútil. Ni los brazos, ni manos, ni pies, ni piernas, mi cuerpo estaba

paralizado, no entendía, estaba conciente, pero ninguna parte de mi cuerpo me respondía. Dentro de un rato ya no podía mover los ojos, no pude articular

palabras y fue entonces cuando sólo se escuchó la naturaleza y el latido de mi corazón asustado.

 

Afortunadamente uno de los lugareños me observó caer, se acercó y me jaló del auto, su cara me era familiar, pero no recordaba quién era. Al verme lo único

que hizo fue ponerme un trapo azul en la cara, azul, como los que yo usaba para recibir el cadáver de un aborto de agua salina.

 

Y traté de moverme y le grité:

 

- ¡Hey, ¿Qué estás haciendo?! No estoy muerto, siente mi corazón, estoy respirando aún tengo sentidos.

 

Pero no me oyó ni siquiera logré moverme. Me imagino que ese fulano llamó a una ambulancia, porque recuerdo que me llevaron al Hospital General.

 

Durante el camino escuchaba a los paramédicos que hablaban sobre mi, sabían que estaba vivo ¡gracias a Dios! pero no podían hacer nada. En el servicio de

urgencias del Hospital me recibió un doctor amigo mío, lo sé porque reconocí la voz, ya que no podía mover los ojos.

 

Llamaron a mi esposa, que no tardó en llegar, recuerdo que llorando tomó mi mano, me dijo que no me preocupara, que todo iba a salir bien. Pero ¡Todo! ¿Todo

qué? ¿A qué se refería con eso?

 

Escuché que mi amigo hablaba con ella y le informaba de mi situación dijo

 

-Tu esposo está en coma, o sea que no responde a estímulos externos, esto provocado por un derrame cerebral que le descubrimos, además tiene fractura de

columna y hay que operarlo, pero es muy riesgoso y puede morir, por otro lado no sabemos si saldrá del coma.

 

-¡¿Inconsciente?!¿Yo? ¡Claro que no, si escucho todo lo que dicen y razono perfectamente, solo estoy algo aturdido por el golpe!

 

Mientras yo rezongaba el prosiguió diciendo:

 

 -Prácticamente lo que tu esposo tiene es muerte cerebral y por el daño que presenta es muy difícil que se recupere y si lo llegase a lograr, lo mas seguro

es que tenga secuelas, por ejemplo un importante daño en el sistema psicomotor o pérdida parcial o total de memoria, por esta noche lo tendremos en observación,

si ocurre algo importante yo te llamo, ahora ve a tu casa con tu hija y duerme un poco.

 

Yo no quería que ella se fuera:

 

 -No, no te vallas, espera, no sé que va a pasar, no sé si mañana pueda despertar, no sé si mañana pueda abrazarte o besarte, no sé si mañana esté vivo,

no me dejes solo, tengo miedo.

 

Mi ruego fue inútil, no me escuchó. Después vi que una mano se acomidió a cerrar mis párpados para que pudiera dormir.

 

Al día siguiente me despertó el alboroto, el paciente de a lado presentaba una crisis, entre las voces pude distinguir a una de las enfermeras de la guardia,

con la que estudié la primaria. Cuando todo terminó ella se acercó a mí y con un semblante serio dijo:

 

-Cuanto lo siento.

 

Más tarde escuché la voz de mi esposa que hablaba con el médico de la terapia, éste le decía que mi caso estaba perdido y que no podría salir del coma,

entonces  fue cuando escuché la palabra mas horrible de todas: "Eutanasia".

 

-¡No estarán hablando de mí ¿verdad?!, me pregunté.

 

Escuché que mi esposa lloraba y que decía repetidamente: "No". Mi hija le preguntaba qué era lo que pasaba y ella le respondía:

 

 -Nada bebé, nada.

 

Se escuchó un gran silencio, después una pluma sobre el papel. ¡Firmar!

 

Después el llanto de mi esposa y la voz de mi pequeña hija que decía:

 

 -¿Por qué lloras mamá, te duele algo?

 

Entonces recordé las veces en que había practicado abortos, me puse a pensar en lo que sintieron esos niños indefensos al ser corroídos por agua salina.

 

Oí la voz de alguien que decía:

 

-Pásame la anestesia.

 

Y alguien tomó mi brazo.

 

-¡Hey! ¿Qué están haciendo?

 

El llanto de mi esposa era más fuerte.

 

-¡No, suéltenme, retiren esa aguja de mi brazo!

 

Sentí la presión que ejercía la sobredosis de anestesia en mi flujo sanguíneo y pude sentir el líquido recorrer mi cuerpo he irlo adormeciendo, poco a poco.

 

-¡¿Pero qué has hecho animal, no te das cuenta que estoy vivo, no te das cuenta que estoy escuchando lo que dicen, no te das cuenta de que siento?! ¡La

muerte!

 

Empecé a recordar las veces que practiqué la eutanasia, las veces que maté a tanta gente que estaba consciente y sentía desesperación, el llanto de sus

esposas, que pronto serían viudas, recordé el llanto de sus hijos y su pequeña voz diciendo:

 

-Te quiero mucho papá, no nos dejes.

 

Y ahora lo estaba viviendo, ¿Pero por qué a mí y no a otro? ¿Por qué tenía que ser yo el que dejara a mi familia? ¿Por qué? Entonces escuché:

 

-Eso es todo señora, el departamento de Servicio Social le entregará el certificado de defunción y usted dispondrá qué hacer con el cuerpo.

 

Luego sentí que mi cuerpo me pesaba, no podía respirar bien, me dolía el corazón y mi razonamiento se estaba desvaneciendo, el resto, ya lo saben.

 

FIN

 

 

 

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