En el umbral del sueño

 

Por: Mauricio Ceballos Montoya

 

¿Quién dijo que el amor se acaba con la muerte?

Era el mes de febrero del año 2000. Recuerdo que como siempre, salí de una aburrida clase en la facultad y me dirigí como siempre a la biblioteca. Solía estar allí, no porque fuese un ratón de biblioteca, aunque sí que me ha gustado ese ambiente; frecuentaba mucho el templo de los libros, porque en la universidad, teníamos un lugar, un rincón especial donde todos los ciegos íbamos y era, la sala de lectura, que años antes se había creado para nosotros.

Estábamos allí, no necesariamente para leer. Era nuestro lugar de encuentro y donde muchas veces, se gestaron todo tipo de actividades extra curriculares; no recuerdo qué compañeros había en ese momento. Eran las 3 de la tarde de un jueves gris y sin mucho que hacer, me senté a conversar. De pronto, llega una joven y pregunta por la coordinadora del servicio, quien en ese momento no andaba por ahí. Yo, más por coquetería que por buena atención, me dediqué a atenderla. Le dije que Marcela, que así se llama la coordinadora no se encontraba, pero que ¿en qué la podíamos atender?

La joven quería ser lectora voluntaria, pues le gustaba dicha actividad y para ese momento de su vida, tenía algo de tiempo en las tardes. Yo, como buen anfitrión, le mostré el servicio, le presenté a dos o tres compañeros y la motivé a seguir yendo al lugar. El caso fue que nos quedamos hablando un buen rato y descubrí que se iniciaba una gran amistad y era sin saberlo, el principio de un amor que ni la muerte ha apagado en su ser.

Una hora más tarde, nos habíamos contado media vida; ya sabía que la joven tenía 16 años, que se llamaba Eliana, que recién había terminado la secundaria y se hallaba estudiando primer semestre de diseño gráfico en otra universidad. Coincidíamos en gustos musicales y literarios, utilizábamos las mismas ironías al hablar y reíamos casi que por cualquier cosa.

Siempre me han gustado las mujeres inteligentes y en Eliana, encontré un gran potencial de inteligencia, mezclada con una buena vibra. Recuerdo que ese jueves, lo terminamos tomándonos un café en una de las burbujas de la universidad, hablando de nuestras familias, contándonos historias y conociendo más de nuestras personas.

Ese día de febrero, nació mi amistad con Eliana. Una amistad que pronto se convertiría en algo más, pero el ego y la inmadurez no son buenos consejeros.

Meses después, ya éramos grandes amigos. Ahora recuerdo con alegría nuestras tardes de lectura y charla en la universidad, nuestros fines de semana de bares y calles; vivíamos la ciudad intensamente. Caminábamos mucho, trasnochábamos y parecía que la charla y la risa no se nos agotarían jamás. Recuerdo las noches en las que, como única compañía, teníamos la luna. Luna que iluminaba su pecho y mi espalda, como una madre protectora que nos aseguraba que la felicidad no estaba a la vuelta de la esquina, sino que ésta ya había llegado.

Conocí su familia en la que me acogieron muy bien y sin prejuicios ni curiosidades malsanas, me tenían como un amigo más de la familia al que recibieron con mucha calidez.

En el mes de octubre de ese año, comenzaría una relación de algo más que amistad, algo que yo nunca quise tomar en serio, pues Eli me parecía algo tan perfecto que me asustaba el pensar que fuese real. Recuerdo que nos fuimos para Unicentro a comer un helado y allí fue, que, frente a frente, me decidí a darle un beso. Fue como una descarga de buena onda porque nuestra relación se afianzó de tal manera, que ya no había semana en la que mínimo, no nos viésemos 3 veces.

Varios años continuaron de la misma manera. Eli me acompañaba a todas partes y hasta me servía de asistente en mi oficio de abogado. Algunas veces me decía que ella quería que tuviésemos algo más en serio, que porque yo era el hombre de su vida y que de eso no le quedaba duda alguna. Yo, inmaduro, temblaba con solamente pensar que fuese el hombre de la vida de alguien, le evadía el tema y le remataba diciendo que no fuera intensa, que así estábamos bien. Yo, haciendo gala de mi discapacidad visual, nunca quise ver lo evidente y como se dice por estas tierras antioqueñas, me hice el bobo con su amor. En cambio, entraron en mi vida otras mujeres, enamorándome de algunas, estando por estar con otras y Eli seguía ahí. Soportando y tal vez, como aquel jugador que espera su gran oportunidad en el equipo.

En ocasiones se enojaba y juraba no volverme a buscar, pero yo tranquilo, pues nunca cumplía. Ahora que lo pienso, actuaba como un gran cínico, haciéndole daño y diciéndole no a una tal vez perdurable felicidad. Me embarqué en una relación con una mujer que ni me gustaba y a la que terminé por llamar la difunta, pues también, como es normal me hizo daño su partida. Tal vez pagué con intereses lo que sin querer queriendo le hice a Eli, pero la vida me reservaría otra oportunidad.

Eli, como es normal, buscó otras opciones y nuestra amistad pasó a un nivel de tranquilidad porque ella ya tenía novio y así no era tan intensa conmigo. En el año 2010, la difunta se fue de mi vida y como buen cínico acudí a Eli; pero esta vez no funcionó, porque ella por una oportunidad laboral se había ido para Bogotá y allí tenía un novio que al parecer la trataba y valoraba mejor que yo. Además, la distancia había tendido entre nosotros un velo de indiferencia que ni un sol radiante hubiese podido quitar. Venía a Medellín esporádicamente cuando su trabajo se lo permitía y aunque tratábamos de vernos, a veces no coincidíamos y se iba sin remedio.

A principio de 2011 fui a Bogotá a un encuentro de organizaciones sociales. Era, pensaba yo, la ocasión perfecta para verme con Eli, pues iba a pasar 4 días en la capital, con todas sus noches libres. La llamé desbordado de entusiasmo, pero ella se encontraba con una gripa terrible y a penas si podía hablar; yo le resté relevancia al hecho pues creí que seguía siendo importante en su vida y que solo por ello, correría a mi encuentro. Pero no fue así. Al tercer día de estar en la ciudad y viendo que ya casi se me acababa el tiempo, volví a llamarla. Aún se encontraba enferma, pero me dijo que tenía mucho trabajo y que, por tanto, no nos podríamos ver. Como puede colegirse, a mi orgullo no le gustó tal respuesta y así se lo hice saber. Ella que también tenía su carácter, me dejó en claro que ya no era lo mismo y que era verdad, que tenía cosas que hacer.

Derrotado volví a Medellín y ya pensaba en un plan de venganza. Esta llegó más rápido de lo esperado; corría el mes de junio y Eli vino unos días de vacaciones de visita a su familia. Emocionada me llamó, me ofreció disculpas por no habernos podido ver en la capital y acto seguido, propuso fecha para vernos, como en los tiempos idos. Otra vez, mi orgullo habló por mí y le dijo a mi gran amiga, que por aquellos días andaba muy ocupado y que por desgracia no podríamos vernos. Sí. Así lo dije y ni por asomo pensé que quizá fuese una despedida. Ella no insistió, aunque dejó ver una tristeza genuina por el hecho de no verme.

En lo sucesivo me desentendí del asunto y lo dejé pasar. Hoy que lo pienso, me duele que ese día desafortunado le haya hecho caso a mi orgullo y no la haya visto. Meses después y pensando que andaba enojada conmigo, la llamé dispuesto a soportar toda

Clase de cantaleta femenina, pero algo ocurría. Su móvil no conectaba y una grabación del operador celular me decía que la línea estaba suspendida. No me alarmé pues pensé que simplemente, había cambiado de número. Pasado algún tiempo volví a intentarlo con idénticos resultados y una sorda molestia se abría camino en mi ser, pues pensaba que Eli nunca volvería a llamarme, pues había cambiado de número y ni siquiera me había avisado.

Pero la noticia llegó el 13 de enero de 2012, día de su cumpleaños. Como no me pude comunicar a través del teléfono, resolví escribirle a su correo electrónico.

Redacté un mensaje indignado por su falta de comunicación y cuando pulsé el botón de enviar, de inmediato el sistema me notificó que dicha dirección había sido desactivada. Un mal presentimiento me subió desde el estómago pues Eli nunca cambió esa dirección de correo electrónico, pues era de las que decía que esos aspectos eran como su marca y que no había por qué cambiarlos. Todavía con el estómago revuelto opté por llamar a casa de sus padres; pues una segunda comprobación mirando su cuenta de Facebook, me confirmó que algo andaba mal.

Su madre me contestó al instante y al preguntarle por Eli, se quedó callada un segundo y con tristeza en su voz me dijo:

¿Cómo es que usted no sabe? Y pasó a contarme lo que ya presentía. El día 30 de agosto de 2011, Eli había muerto en un accidente de tránsito en la vía a la calera, después de haber salido a rumbear con su novio.

A mí se me vino todo abajo, pues por una fatal coincidencia, ese mismo día había muerto mi hermano y todo se entre mezcló y me produjo una congoja tal que tuve que colgarle a la señora madre de Eli lo más pronto que pude, para sentarme a llorar.

Me preguntaba el por qué esa burla del destino. Pensaba en cuál era el hilo que los unía, pues murieron el mismo día, con la misma edad, ambos en accidentes de tránsito y ambos cumplían años en el mismo mes. No hallaba comprender el porqué de esas coincidencias. Luego del impacto inicial le pedí perdón a mi amiga, por ser tan necio y orgulloso. Ya no había marcha atrás. Ya no volvería a escuchar su voz, ni a gozar de su presencia tranquila y vivaz. Ya no volvería a disfrutar de su compañía ni de su amor. Ya la mona bonita, como le llamaban algunos, había muerto.

Un mes después y como una especie de efeméride por el aniversario de conocernos, soñé con Eli. En aquel sueño, me contaba cómo había muerto y cosa curiosa, se encontraba con mi hermano y ambos hablaban de sus respectivos accidentes; dicho sueño me tocó de tal forma que llamé a su madre para contárselo, pues por alguna razón sentía que debía hacerlo. Un escalofrío recorrió todo mi cuerpo cuando doña Claudia me confirmó por indagaciones posteriores a la muerte de su hija, que todo lo que yo le estaba contando era cierto. Incluso, hasta el nombre de las personas que iban con ella en el vehículo me lo corroboró la señora.

Pensé entonces en el poder del amor, pues Eli me quería contar su accidente y de paso despedirse de mí, desde su plano astral. La experiencia me conmovió tanto que la escribí como un breve testimonio de aquello que nos sucede y que no podemos probar.

Desde ese momento, sueño con ella con algún tipo de regularidad. A veces sueños comunes que son fragmentos de lo ya vivido, pero otras son como una visita que me hace, donde me pregunta por los míos y me dice que está bien. Pero despierto también la siento. Quizá en un leve aroma a su perfume que se me viene de pronto, a veces escuchando una voz parecida a la suya en la calle, a ratos cuando siento que alguien me mira, pero, alrededor no hay nadie. Eli siempre está ahí.

Y para terminar esta breve crónica, solo me falta decir el por qué la escribo. Hay una motivación especial. Sucedió la noche del 18 de enero pasado. De nuevo Eli en mis sueños. Pero esta vez, con algo distinto. Parecía una visita nocturna, pues hasta en el sueño me encontraba acostado al lado de mi esposa. Eli se encontraba de pie en mi habitación, vestía una falda larga y tenía en la parte posterior de su cabeza una suerte de velo enrollado como tapando una herida. Me hacía comentarios tan triviales como por ejemplo que mi gato era muy bonito. Recuerdo que era tan real, que hasta le pregunté que si con nuestro diálogo mi esposa no se despertaría y ella me aseguró que no. Lo cierto es que antes de despedirse, me preguntó el por qué no había vuelto a escribir. Le respondí que mi estado de ánimo a ratos no colaboraba. Me dijo que escribiera sobre ella. A mí me pareció lógico pues había sido una persona importante en mi vida y durante mucho tiempo. Alcancé a preguntarle si estaba bien y me dijo que si, que era absolutamente feliz. Le pregunté también sobre el cómo se llamaba el lugar donde estaba y a pesar de que en el sueño me dio una respuesta, al despertar no lo recordé.

Para mí, Eli me visitó y se encontró en ese umbral donde la realidad y el sueño se entre mezclan. Al despertar tuve la misma sensación de cuando sueño con mi hermano. Una calma que me sigue invitando a conservar sus recuerdos y a sentir alegría de saber que aún ambos están conmigo.

 

Autor: Mauricio ceballosMontoya. Envigado Antioquia, Colombia. cmauricio.ceballos@udea.edu.co

 

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