Años plenos

 

Estoy pensando en esa frase que hace unos días pronunció mi madre, cuando le pregunté cómo se siente con sus noventa años.

Dijo: “Cada vez encuentro más gente que es más joven que yo”.

A mí me está pasando lo mismo y, tengo veintiocho años menos.

Siento ganas de estar con ella y agradecerle cada momento que viví a su lado.

Aunque sus seis hijos somos adultos, siempre le hace bien tenernos cerca, saber de nosotros, ayudarnos y darnos cariño como lo hizo siempre.

Pienso en ella porque tengo en mi mano, uno de los más tiernos recuerdos de mi infancia.

Un trozo de cartón lleno de escarbadientes pegados muy cerca uno del otro, haciendo tres filas largas y cada tanto algún fósforo de madera, como para matizar, en la parte de arriba una frase que dice feliz día mamá.

Un trabajo manual que yo debía presentar en la escuela cuando estaba en tercer grado.

Ya era de noche, muy tarde, ella notó mi desesperación porque no lo había hecho y el plazo de entrega de todos los trabajos, se vencía al día siguiente. Aunque ya se había acostado, se levantó y lo hizo ella, le expliqué lo que quería hacer y durante una hora, se dedicó a pegar sobre el cartón cada pieza, luego la calcomanía con la frase, “Feliz día mamá.”

Mientras lo estaba terminando se reía diciendo: “qué linda sorpresa me voy a llevar el domingo cuando me regales esto”, Luego me ordenó ir a acostarme y no molestar más, dijo que ya era muy tarde y toda la familia debía descansar. Por suerte papá no se despertó, nos hubiera ordenado apagar todas las luces y acostarnos.

Estoy seguro de que si se lo muestro, se va a reír mucho recordando ese día.

Me están dando ganas de verla, para contarle esa anécdota y muchas otras.

Justo hoy, estoy en mi día libre, creo que puedo aprovecharlo si voy a visitarla.

Pienso que después de su siesta sería el momento ideal, porque es cuando está radiante, abre su puerta y suspira diciendo: “¡Hay mis montañas!” Luego permanece en silencio observando el paisaje y disfrutando del sol.

Su casa está a cuarenta cuadras de la mía, sé que puedo ir en auto, en micro urbano, en taxi, o en un remís, pero decido caminar, aprovechando la tarde soleada de otoño; de paso, iré pensando y recordando más anécdotas, que la llenarán de alegría y nostalgia.

Le haré recordar esa vez que a mis cinco años, el Vecino anciano que vivía solo, guardaba sus postres en un escondite que solo yo conocía, aproveché su ausencia para entrar por la ventana y robarle alguno,

Nunca supe como se dio cuenta mamá de que me estaba cayendo de una ventana porque se rompió la madera donde me apoyaba, la caída era al vacío desde más de cinco metros de altura, me frenó un clavo que estaba en la pared, se enganchó en mi pulóver atrás de mi cuello, quedé colgado sin poder agarrarme de nada. Era justo cuando todos dormían la siesta y me esforzaba para no gritar. Subió a toda velocidad por la escalera y me tomó fuertemente con sus manos que me apretaron como garras para desengancharme y en sus brazos, me llevó hasta abajo y entró a la casa, procurando no despertar a nadie, porque papá se hubiera enojado mucho y la habría culpado por no cuidarme, mantuvo silencio y nadie se enteró.

Cuando le cuente, volveré a decirle gracias.

Mis travesuras generalmente eran durante la tarde, cuando los mayores descansaban.

Recuerdo siempre aquella tarde en que entré a la panadería del barrio, quise olfatear desde muy cerca las facturas dulces que se exhibían en la vidriera del mostrador, nunca vi el vidrio que las protegía, seguramente porque estaba bien limpio, lo rompí con mi cabeza y llené de vidrios toda la mercadería. Las dueñas y empleadas del negocio, me limpiaban la sangre y trataban de sacarme las astillas de vidrio del cuero cabelludo, eran muchas. Otra vez apareció mamá, que terminó de limpiarme y sacar las astillas que quedaban, no creo que se haya enterado papá, seguro que ella pagó el vidrio y los dulces, con los ahorros que juntaba vendiendo sus tejidos.

Cuando le recuerde ese caso, le diré que es otro motivo para agradecerle.

Sigo caminando hacia ella, mis pasos son lentos, pero mantienen un ritmo constante y parejo.

Camino hacia su casa, hace varios días que no voy a visitarla, a distraerla un poco, a conversar sobre los libros que lee, a recordar momentos de mi infancia o la de ella.

Sé que le agrada mi presencia, o la de cualquiera de mis hermanos, vernos bien es lo que la hace feliz y la mantiene viva y fuerte.

EN el último festejo de uno de nuestros cumpleaños, observó nuestras canas y comentó a modo de reflexión: “Todos mis hijos ya están viejos y yo sigo estando acá”.

Mientras avanzo, me pregunto cual es verdaderamente mi casa, la que construí con mi esposa criando a nuestro único hijo, o esa a la que me estoy acercando, donde me crié y viví hasta los 24 años; en todo caso las dos, las dos son mías. Cada vez que le digo a alguien que estoy en mi casa, No sabe en cuál de ellas, entonces debo explicarlo otra vez.

Pero ahora estoy llegando a la casa de mi mamá, que también es la mía.

Pienso y me pregunto, ¿cuál será hoy el tema de su interés?, tal vez, alguno de sus cinco nietos, o alguno de sus tres bisnietos, tal vez, los 95 años de su hermano, el único que le queda en este mundo. Tal vez, las últimas noticias que vio en la televisión, o esos programas de preguntas y respuestas que reparten buenos premios, las sábanas que plancha con su nueva máquina, los mandalas que pinta en ese cuaderno que le regalaron, sus plantitas a las que riega todos los días, o las montañas nevadas que se ven alrededor del lago; me divierte mucho verla salir y gritar suspirando desde su puerta todas las mañanas:

“¡Hay mis montañas!”

Y se queda un rato largo observando ese paisaje que ya conoce de memoria, pero que todos los días la sorprende.

Seguro que siente de nuevo la necesidad de preparar unos mates para compartir, pero con esta pandemia, se está acostumbrando a tomar ella sola, y ofrece a las visitas jugo, té, o café, siempre acompañado por esas exquisitas galletitas dulces que aprendió a cocinar en la escuela dinamarquesa, donde se educó junto a sus hermanos y amigos.

Me voy acercando y estoy contento de poder hacerlo, porque hace mucho, mucho tiempo que no visito a mi madre, algo así como cinco días. La llamo siempre por teléfono pero no es lo mismo, sé que ella quiere sentirme, tocarme, mimarme… y allá voy.

Sé que deberé explicarle por qué estuve tanto tiempo ausente, así que le hablaré del éxito en mi trabajo y se alegrará.

Ya me faltan 300 metros, el perrito mascota me ve desde la puerta y empieza a ladrar, haciendo toda la fiesta posible, porque debe anunciar mi llegada.

Tengo la llave y ya la voy preparando para abrir el portón que da a la calle, un movimiento automático, por la cantidad de veces que lo hice durante años, pero igual me siento emocionado, porque mi llegada ahí no es casual, no es que andaba por ahí cerca y ya que estaba entré a saludarla, no, esta vez decidí que visitaría a mi madre.

Estoy recordando que no le avisé antes, espero no interrumpir ninguna de sus actividades, nunca me gustó llegar de sorpresa a ningún lugar.

Ya estoy en la puerta de entrada a la casa, la voy abriendo lentamente para no alterar esa paz.

Una mezcla de olores me invade, desde el horno de la cocina, la ropa recién lavada y planchada, o las flores que se exhiben en el medio de la mesa del comedor.

Seguramente estará levantándose de su siesta, o terminando de leer algún libro que después me comentará. No creo que esté muy ocupada a esa edad, todos mis hermanos, la cuidan, la miman y la entretienen, hasta le permiten tomar importantes decisiones relacionadas con la casa, los cuartos que alquilan y la economía familiar.

Su cabello es blanco muy brilloso, algunos dicen que es plateado, muchas veces le preguntan qué tintura usa para teñirse y lograr esos colores.

Ella responde sonriente: “Es la tintura de mis 90 años”.

En su rostro, se ven surcos que cuentan muchas historias, con toda clase de sensaciones, que van desde lo más alegre y divertido hasta lo más triste, pero nunca pierde esa sonrisa luminosa.

Sus ojos azules me encandilan y me dan curiosidad por saber cuántas cosas habrán mirado, cuantas imágenes habrán pasado por ahí, ojos que todavía leen, porque siguen abiertos a nuevos conocimientos, me cuenta lo que leyó y siento como si yo también lo hubiese leído.

Pero también amo su pasado, sus anécdotas, que enriquecen y llenan de color toda esa vida.

La veo en su infancia, corriendo alegre por los campos sembrados, o feliz cabalgando con sus hermanos, o atendiendo animales de la granja.

En su adolescencia, fue muy feliz viajando a las playas con sus primas y amigas. . .

La poliomielitis, se llevó a su hermanita de quince años, cada vez que lo recuerda repite:

“Dios mío, qué triste fue todo aquello”.

Ya conocía a Juan, el hombre que la acompañaría durante 57 años, él le había enviado una carta muy conmovedora cuando se enteró, esa carta la tuvo con ella y la releyó muchas veces.

En otras partes de su rostro se puede ver la alegría de sus seis hijos amados; los amamantó, los mimó y los vistió, les calmó los dolores, los educó y los alentó.

Nunca se perdió ninguno de los actos de la escuela, hasta recuerdo lo bien que me sentí aquella vez en primer grado, me tocó actuar y busqué su mirada desde el escenario, la encontré entre todo ese público, sabía que estaría ahí, pero no dejó de ser una bonita sorpresa cuando me devolvió la sonrisa que le mostré a modo de saludo.

Ese cuerpo caminó mil veces por las calles empinadas, para llegar a su iglesia, recibir ayuda espiritual, cantar alabanzas al señor y aprender a usar la palabra… fe.

Cuando alguien se queja debido a algún dolor en cierta parte de su cuerpo, es muy gracioso escucharla comentar: ”Ah… yo tuve seis partos”.

Sus manos se ven arrugadas, pero aún siguen fuertes, para escribir, resolver crucigramas, pintar, o para saludar a tantos familiares y amistades con su computadora.

Sus piernas están firmes, para subir todas las escaleras de su casa, recorriendo cada rincón, pero, sobre todo las usa para jugar a perseguir al más pequeño de sus nietitos.

Esos brazos, recolectaron mucha leña en el bosque para quemar durante el invierno disfrutando del calor familiar.

Esos pies, que tanto han caminado, se ven algo gastados, pero se cubren con esas zapatillas muy cómodas con suela gruesa de goma.

La tengo frente a mí, la miro desde el umbral de la puerta.

Pregunta: “¿Qué te pasa, hijo?”

¿Por qué me estás mirando así?”

No puedo creer que se haya sentido observada en esos pocos segundos, como tampoco puedo creer que en esos instantes yo haya pensado tantas cosas.

Le digo que estoy estudiando su cuerpo, su rostro, su vida tan plena.

Ella se mira y sonriente como siempre, responde:

”Mi cuerpo está gastado, pero no cansado, ahora déjame pasar que tengo que salir, debo ir a mi clase de gimnasia y… se me está haciendo tarde”.

 

Autor: Mario Gastón Isla. Bariloche, Argentina.

marioisla@bariloche.com.ar 

 

               

 

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